Entradas

AIRES PRIMIGENIOS

  Mi nariz postrada en el firmamento respira el aire lleno de colores. Respira mi nariz en los albores de mi persona, de mi advenimiento, lo hace en la tierra que me dio sustento, de la que nacen todos mis dolores, tierra santa para los soñadores donde escuchar la música del viento. Los colores del aire de la infancia son la alegría que hay en el corazón. La vida puede estar marchita y lacia y el alma más oscura que el carbón; pero cuando respiro esa fragancia siento que hay esperanza, ¡oh respiración! OJLC  Original de Óscar Julián López Carpio Escrito y firmado por Óscar Julián López Carpio © Reservados todos los derechos

LA PROPINA DEL CAMARERO

El altivo señor bigotudo extendió un billete al camarero para asegurarse de que este lo había entendido. El camarero asintió reverencialmente y el señor bigotudo levantó su mano en la que sostenía un anillo plateado que relucía ante las luces del restaurante. El anillo es lo de menos; si lo pierde, llámeme al número que le he facilitado y encargaré otro en seguida. Lo más importante es que sea usted preciso. Si quiere más dinero para hacerlo bien, pídalo, y si no lo va a hacer o piensa dejarle la tarea a otro, dígalo. No quiero fallos, quiero precisión. — Sí, señor. El hombre bigotudo estudió durante unos momentos el rostro del camarero mientras decidía si podía fiarse de él. Unos instantes después le dio el anillo plateado y le repitió de nuevo lo que tenía que hacer para asegurarse de que lo recordaba; entonces, sin dejar de estudiar el rostro del camarero, salió del restaurante. El camarero, que se llamaba Jesús del Pozo, se guardó en el bolsillo el anillo y volvió a su trabajo. Lim

OBSERVACIONES DEL MUNDO PARA ESCRITORES FRUSTRADOS

Declaración de intenciones  ¡Cuántas veces habré sentido subir la espuma de mi rabia inundándome la lengua con total impotencia! No hay cosa que me haga sacar más de quicio. Los escritores no nos merecemos andar ocupándonos de qué escribir, de la creatividad, la originalidad y todas esas cosas. Las escritoras no se hicieron escritoras para aguantar la injusticia de sentarse en el escritorio a encerrar belleza en un verso, o a hacerse las interesantes, o a buscar y buscar las palabras que se supone que son las correctas. Escritores y escritoras, escritoras y escritores, no tomaron este oficio para aguantar el vacío inherente a la existencia y comprobar después boquiabiertos que la vida es sencillamente insulsa.  Yo fui, como es mi lector, escritor en un tiempo lejano, hace muchos años, puede que en otra de mis vidas, y padecí de la frustración típica que siente un escritor cuando no encuentra la inspiración que decore al objeto de su deseo. ¡Como un poeta que se enamora de un maniquí, o

□ MIRA ESTAS LUCES

Lucreciana sostenía una cajita blanca y pequeña, cuadrada y fina. Robb se colocó cerca de su hombro para apreciar aquel objeto. Las manos de Lucreciana se movieron para abrirla pero cuando sus dedos rozaron los bordes rápidamente ocultaron la caja.      —¿Qué es?      Robb parpadeó varias veces.      —¿Cómo que qué es?      —Te pregunto que qué es.      —Lucreciana…      —¡Venga! ¿No te he dicho que era un juego? Estamos jugando.      —De acuerdo. Responderé a tu pregunta. ¡Pf! Como si pudiera saberlo.      —Tú responde.      Robb pasó la vista del rostro de Lucreciana a sus manos cerradas alrededor de la cajita cuadrada. ¿Qué podría haber dentro?      —Mmm… veamos…      Lucreciana suspiraba de impaciencia. En un minuto se concentró tanta intensidad por el compromiso de tener que decir algo que la integridad de la imaginación de Robb ya estaba por los suelos. Finalmente, dijo:      —¿Son entradas para el Gran Teatro?      —No —respondió Lucreciana con soltura.      Robb empezó

ELÍAS EL QUE TIEMBLA

La cama se movía como si dos jóvenes retozaran en ella sin pudor; como si muchos perritos subieran y bajaran de ella, juguetones; como si un terremoto meneara el edificio como una niña asustada menea a su madre dormida; o como si un niño no pudiera dejar de temblar. Nuestros ojos lectores no son capaces todavía de discernir el motivo, ya que una manta cubre la muy posible camada de perritos agitados y peludos. Lo que sí podemos ver es el evidente y constante movimiento que en la cama se está dando. Dos pies se destapan y quedan colgando al borde de la cama; qué pena, descartamos la idea de los perritos. ¿Les gustaba? ¿A quién no? Pero nuestra historia no trata de perritos, se lo digo yo, que soy su narrador. Espero, como narrador, que no trate tampoco de un terremoto, pues el inconsciente se ha quedado quieto, con los pies colgando. ¡Corre, condenado, pues podrías morir aplastado! Los pies, sin embargo, siguen colgando. Tal vez me haya apresurado; no parece que ningún terremoto est

□ EL HIJO DE GLUM

Érase una vez un reino en un tablero de ajedrez que, cobrando vida en él sus piezas desde muy antiguas edades, adquirió las características que hacen posible eso que llamamos existencia, y eso otro que calificamos como estar vivo, y llegó así el Reino del Ajedrez hasta muy lejanas eras en el tiempo, y siendo muy próspero no murió, y nunca ningún poeta del reino escribió en sus versos que el tiempo era viejo. El porvenir hizo caer por esos lares a dos descabellados hombres de pelo en pecho; bueno, el porvenir o un ser que camina por entre los mundos, todo sea dicho. Pero estos hombres no vivieron mucho; se ahogaron al no encontrar oxígeno en el aire. Glum, al ver este milagro que nunca antes hubo presenciado, investigó el asunto y el porqué de aquella inadaptación al ambiente, mas pensó que sin duda había sido lo mejor para esos dos darse por muertos de una vez, que ya trató él por mucho tiempo, trastabillando, de colocar al malhablado Roberto y al anhelante Julio en algún retazo de